Anoche, en la soledad de una jornada lluviosa en la que todavía esperaba la llegada de los fumadores, apareció él. Hacía algunos años que no nos poníamos a susurrar en silencio en la puerta de Venus 3. En realidad, en los últimos tiempos se deja ver con mayor frecuencia y el hecho que ocurre ahora después de muchos meses es que me ponga a escribir sobre ello.
Me habló de él, porque a diferencia de lo que ocurre lejos de tierras falstaffianas, en la puerta del Falstaff escucho; solo acostumbro a hablar cuando quiero que los demás se callen, se marchen o se conviertan en mudos fumadores.
Me habló de sus trabajos, de sus sueldos que llegan, aunque algo más tarde de lo habitual, de sus luchas internas por asimilar que el mundo está lleno de patronos sin formación que creen saberlo todo y que le tratan a uno como un peón a sus órdenes que no puede avanzar si el rey no lo manda y que no hablan, no por falta de voz, sino por escasez de derechos. Me habló también de que en ocasiones el problema no radica en los excelentes currículums que buscan trabajo, sino en los que lo tienen, porque hay personas que se creen todo lo que dicen sus títulos y desprecian al resto con una arrogancia que debería estar penada por ley.
Cuando se marchó nos dimos la mano mientras nos mirábamos a los ojos. No hay mayor gesto de respeto en esta vida que mirar a los ojos de la persona cuya mano sujetas; no hay mayor desprecio que saludarla mientras tu mirada parece no advertir su presencia. Decía, nos dimos la mano y me pidió que volviera a escribir.